La rotulación manual aportó voz propia: versales contundentes para dramas, cursivas juguetonas para comedias, grotescas limpias para thrillers urbanos. Más que letras, eran personajes secundarios. A veces la tipografía ocupaba el protagonismo, otras sostenía silenciosa a la fotografía. Las letras se estiraban para abrazar rostros, se apilaban como edificios o respiraban en blancos generosos. Esa elección comunicaba época, intención y temperamento. Incluso hoy, cuando todo puede rasterizarse, una buena tipografía sigue siendo un gesto de dirección artística.
El color guía al ojo y modela la memoria. Rojos profundos para pasiones que arden, azules nocturnos para intrigas que susurran, ocres polvorientos para road movies españolas de asfalto caliente. La limitación de tintas obligó a síntesis valientes, donde cada tono tenía responsabilidad narrativa. Con la llegada del CMYK se multiplicaron matices, pero también el riesgo de perder foco. Los carteles memorables eligen pocos colores y los hacen cantar, como una partitura breve que no concede notas innecesarias.
Un buen encuadre en papel es una promesa de película. Diagonales tensan, simetrías tranquilizan, primeros planos comprometen. El juego entre figura y fondo crea pistas que el espectador completa. Marcas de mirada dirigen el recorrido: del título a los ojos del protagonista, de allí a un objeto clave. Cuando la composición late, incluso el caminante distraído se detiene dos segundos, suficientes para que nazca el deseo de entrar. Es montaje silencioso, storyboard comprimido en una imagen eficaz.
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